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Pinamar 2050: primero discutamos qué ciudad queremos
Pensar la ciudad a 25 años es necesario. Pero antes de definir cuánto, dónde y cómo se podrá construir, Pinamar necesita discutir qué crecimiento puede sostener, quién financiará la infraestructura que ese desarrollo demande y qué ciudad queremos dejarles a quienes vivirán acá en las próximas décadas.
Pinamar necesita pensar en 2050. En eso debería ser difícil encontrar demasiadas diferencias. Una ciudad no puede desarrollarse únicamente resolviendo los problemas que aparecen cada temporada, administrando urgencias o modificando normas a medida que surgen nuevas necesidades. Planificar a largo plazo es necesario y, probablemente, sea una discusión que debimos comenzar mucho antes.
La pregunta, entonces, no es si Pinamar debe pensar su futuro.
La pregunta es qué futuro estamos pensando.
El proyecto Pinamar 2050 propone transformaciones importantes sobre el territorio y sobre las posibilidades de desarrollo urbano de las próximas décadas. Y justamente por la magnitud de esas decisiones merece algo más que una discusión técnica, administrativa o sectorial.
Porque modificar las posibilidades constructivas de una ciudad no significa solamente cambiar alturas, indicadores urbanísticos o usos del suelo. Significa potencialmente sumar habitantes, vehículos, consumo de agua y energía, generación de residuos, demanda sanitaria, circulación, actividad comercial y presión sobre servicios que hoy ya tienen sus propias limitaciones.
Ahí aparece una de las principales dudas.
¿La infraestructura acompañará al crecimiento o llegará después?
Pinamar conoce demasiado bien lo que significa desarrollar sectores primero y resolver los problemas después. Agua, cloacas, desagües, calles, tránsito, energía y servicios públicos no pueden aparecer como una consecuencia futura del desarrollo inmobiliario. Deberían formar parte de su condición de posibilidad.
La futura planta depuradora representa, en ese sentido, una obra estructural fundamental. Pero una ciudad proyectada para dentro de 25 años necesita una mirada mucho más amplia. También habrá que discutir abastecimiento de agua, movilidad, accesos, transporte público, salud, educación, vivienda permanente, espacios verdes, residuos y capacidad energética.
Y, sobre todo, habrá que responder una pregunta incómoda pero inevitable:
¿Quién paga la infraestructura necesaria para hacer posible ese crecimiento?
Si las modificaciones urbanísticas generan nuevas oportunidades económicas para propietarios y desarrolladores privados, resulta razonable discutir también qué obligaciones acompañarán esas oportunidades y cuánto del valor generado por esas decisiones regresará a la comunidad en infraestructura y mejores servicios.
No se trata de cuestionar la inversión privada. Pinamar necesita inversión. Necesita construcción, actividad económica y generación de empleo.
Pero una cosa es que la inversión privada forme parte de un proyecto de ciudad y otra muy diferente es que el proyecto de ciudad termine organizado alrededor de las posibilidades de la inversión privada.
Esa diferencia merece ser discutida.
Por eso resulta inevitable que Pinamar 2050 genere interrogantes sobre cuánto pesa dentro de la propuesta la dimensión inmobiliaria frente a otras dimensiones del desarrollo.
Las audiencias públicas realizadas este año fueron una instancia necesaria y permitieron que vecinos y sectores de la comunidad expresaran preguntas y posiciones. Pero un proyecto que pretende definir buena parte del desarrollo urbano de los próximos 25 años difícilmente pueda considerar agotada allí la participación.
La discusión debería ser mucho más grande.
Universidades, arquitectos, urbanistas, especialistas ambientales, prestadores de servicios, comerciantes, desarrolladores, trabajadores, instituciones intermedias, organizaciones sociales, vecinos y todas las fuerzas políticas deberían tener la posibilidad de enriquecer el proyecto.
Incluso quienes lo cuestionan.
Porque discutir Pinamar 2050 no significa necesariamente estar en contra de Pinamar 2050.
Puede significar exactamente lo contrario: querer que sea mejor.
El propio Ejecutivo municipal ha planteado públicamente que se trata de un proyecto abierto, susceptible de revisión y mejora. Esa definición representa una oportunidad.
Tomemos esa palabra.
Abramos realmente la discusión.
Y hagámoslo antes de que las decisiones fundamentales estén tomadas, porque participar sobre un proyecto terminado no es lo mismo que participar de su construcción.
Además existe otra cuestión que Pinamar debería animarse a discutir.
Durante décadas construimos una ciudad fundamentalmente alrededor del turismo. Pero Pinamar, Ostende, Valeria del Mar y Cariló son también lugares donde miles de personas viven los doce meses del año.
Si queremos convertirnos definitivamente en una ciudad permanente, tenemos que empezar a planificar pensando también en ellas.
¿Dónde van a vivir las próximas generaciones? ¿Cómo se moverán? ¿Dónde estudiarán? ¿Qué sistema sanitario necesitarán? ¿Qué oportunidades laborales existirán fuera de la temporada? ¿Cómo protegeremos nuestros recursos naturales? ¿Cuántos habitantes puede sostener razonablemente nuestro territorio?
Esas preguntas también son Pinamar 2050.
Quizás incluso sean las más importantes.
Porque una ciudad no se proyecta solamente decidiendo cuánto puede construir. Se proyecta definiendo cómo quiere vivir.
Pinamar tiene una oportunidad extraordinaria: discutir hoy la ciudad que queremos dentro de 25 años.
No deberíamos desperdiciarla convirtiendo esa discusión en una pelea entre quienes están a favor y quienes están en contra del proyecto.
Tenemos tiempo para hacerlo mejor.
Pinamar 2050 no debería pertenecer a un gobierno, a una fuerza política, a los desarrolladores ni a quienes hoy ocupan una banca en el Concejo Deliberante.
Los gobiernos pasan. Los códigos pueden modificarse. Los funcionarios cambian.
La ciudad queda.
Por eso, si realmente queremos hablar de Pinamar 2050, primero tenemos que sentarnos alrededor de una misma mesa y responder una pregunta mucho más sencilla de formular que de contestar:
¿Qué ciudad queremos ser?



